viernes, 10 de agosto de 2018

Heidelberg, una ciudad por la que pasear


Idílica ciudad alemana que aún mantiene vigente un encanto medieval y barroco. Ubicada en el medio de un frondoso y verde valle, al que parte por la mitad el serpenteante río Neckar, a la vez que tres escarpadas colinas (Königstuhl, Gaisberg y Heiligenberg) limitan su expansión, protegiéndola del trepidante correr del tiempo. Y es que al visitar su casco antiguo, centro neurálgico desde el que partiremos, la historia, completamente viva, sale a nuestro paso para acompañarnos en nuestro viaje.
Esta ciudad está ideada de principio a fin para el olvidado arte de pasear, una práctica antaño vigente pero hoy defenestrada de nuestras actividades cotidianas. Un ejercicio que no se limitaba al mero uso del sistema locomotor, sino que requería, además, de una minuciosa actividad mental, pues si esta se realizaba bien, con los pies se ponía en movimiento la mente, profundizando en los caminos más recónditos de nuestra psique, la senda realmente importante en este proceso:

“Llegar, ¡quién piensa! Caminar importa sin que se extinga la divina llama del arte largo en nuestra vida corta”. Manuel Machado y Ruiz
Numerosos y variados son los escenarios que nos presenta Heidelberg para tal afición: preciosos paseos urbanos por extensas calles peatonales, caminos por la ribera del río Neckar, zonas de frondosos bosques e incluso caminar entre ruinas medievales. Por ello, no extraña que la Escuela Superior de Medicina de Hannover la haya elegido en 2007 como la tercera «ciudad más saludable» de Alemania.
Ahora realicemos un viaje mental a través de cada una de las sendas que nos ofrece esta ciudad que florece entre bosques:

1) Caminando por el casco antiguo: El primero de estos paseos se puede realizar por sus largas calles peatonales, entre la que destaca por su longitud Hauptstrasse, la calle principal, que va directa hacia el corazón histórico de Heidelberg: Marktplatz, la plaza del mercado, desde donde se vislumbra ya en la lejanía la edificación más representativa de la ciudad: las ruinas del castillo de Heidelberg, que tanto incendió la imaginación de los románticos del siglo XIX. 

El castillo desde Marktplatz

Pero a él volveremos más tarde, de momento, movámonos entre las esquinas de la ciudad.
Como núcleo de esta plaza en la que nos encontrábamos, se alza Heiliggeistkirche («iglesia del Espíritu Santo»), la iglesia más famosa y concurrida de la ciudad, que a día de hoy atrae a visitantes al interior de sus gruesos muros gracias a la programación de recitales de órgano, música de cámara o interpretaciones corales.

Las intrincadas vidrieras de estilo gótico del ábside y puestos de recuerdos anexos a sus muros

Esta, gracias a su gran envergadura y característico color rojizo, sobresale y presenta un contrapunto al resto de edificios que la circundan, constituidos en su mayoría por coloridas casas de tres plantas y tejados de teja, a juego con el ladrillo de la iglesia. 



Las coloridas casas cercanas a la iglesia que sirven de limes de la plaza

Entre los edificios circundantes destacan especialmente dos: el primero el ayuntamiento, que mira al ábside de la iglesia

 Ayuntamiento de Heidelberg

y el segundo el hotel Zum ritter, a la derecha de su fachada.

Bella fachada barroca del hotel Zum ritter

Además, una cosa que me llamó la atención, y me llevó directamente a imaginarme este lugar en una época más remota que la actual, fueron los rústicos y encantadores puestos que estaban anexos a los muros de la iglesia, donde se vendían distintos recuerdos de la ciudad, armas de juguete (espadas, escudos, ballestas, arcos,…) realizadas en madera…
Asimismo, las numerosas cafeterías de esta plaza conforman un punto de observación perfecto para contemplar el discurrir de la ciudad, además de servir como lugar de refrigerio y descanso para unos cansados pies.
Una vez salimos de este amplio enclave de la plaza, nos adentramos en calles más estrechas, en las que nuestros pasos sobre la adoquinada calzada, reverberan entre las coloridas casas de este singular enclave urbano. 

Paseando por Heidelberg

Karlplatz

En todas ellas hay atractivos escaparates de tiendas de anticuarios, en las que puedes encontrar los objetos más insólitos, desde libros hasta muebles de época perfectamente conservados, pequeños rincones en los que la historia está en venta al mejor postor. 

 Escaparate de un anticuario

Si se sigue por la calle principal llegarás hasta la universidad, buque insignia de la ciudad, que, con su fecha de fundación en 1386, se convierte en la más antigua de toda Alemania y en una de las instituciones más vetustas de Europa. 

Biblioteca de la universidad

En todos estos años de existencia, han sido muchos los pensadores de primer orden que han estado asociados a ella, como: Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Karl Jaspers, Hans-Georg Gadamer, Jürgen Habermas, Karl-Otto Apel y Hannah Arendt.

Placa conmemorativa del paso de Hegel por la ciudad

Precisamente uno de ellos, más concretamente Gadamer, narra una anécdota de lo que le sucedió en su primer viaje a esta ciudad:

“Así que me puse en marcha hacia Heidelberg, donde llegué a medianoche. Deambulé en vano de puerta en puerta, buscando un hotel. Al fin, eran las dos, pareció llegar la suerte. Una puerta se abrió para alojar huéspedes, y me apresuré a entrar. Pero era una pensión de la Cruz Roja sólo para mujeres. No sabía qué hacer. Imposible […] quedarse en la estación. La sala de espera estaba abarrotada de figuras de lo más sospechoso… ¿Qué hacer? Como era una templada noche de mayo, me tendí en un banco en la Plaza de Bismarck para dormir allí, con mi maletín como almohada, y dormí el sueño de los justos. Hasta que, a eso de las siete, unos rudos puños me zarandearon y un severo policía, plantado delante de mí, me dijo que no estaba permitido dormir allí. No hay nada como el orden”.
Después de deambular por las calles de la ciudad nos dirigimos hacia el norte para llegar al río y al puente de Karl-Theodor, que emerge rojizo de las caudalosas aguas del Neckar. 

El puente y el río

Antes de acceder a él se tiene que superar la Brückentor (la entrada del puente), una de las imágenes típicas de Heidelberg que con sus torres gemelas rememoran un pasado medieval. Una vez en el puente, nos maravillamos con su prolija ornamentación. Durante todo su recorrido, que comunica lo que es el casco antiguo con el distrito de Neuenheim, varias son las esculturas que salen a nuestro paso, destacando la de Karl-Theodor y la de un mono que hace las delicias de los visitantes, quienes se agolpan a su alrededor para sacarse la fotografía de rigor.

 Brückentor vista desde el puente



Panorámica del río tomada desde el puente

Vista de la ciudad desde la orilla opuesta

2) El romántico camino de los filósofos: La segunda de las rutas posibles en esta ciudad parte precisamente desde este punto. Entre las villas señoriales aparece una pequeña y estrecha senda llamada Schlangenweg (el camino de la serpiente), denominada así por lo zigzageante de su recorrido. Tomando este camino y subiendo lo que es la loma (hay que estar un poco en forma, aunque, eso sí, tiene numerosos bancos en los que reposar y admirar las vistas, que serán mejores cuanto más subamos) nos dirigiremos hacia el Philosophenweg (camino de los filósofos), reliquia del Romanticismo alemán que germinó en esta ciudad con poetas como Joseph von Eichendorff, Johann Joseph von Görres, Ludwig Achim von Arnim y Clemens Brentano. 

Subiendo por Schlangenweg, ya se estaba poniendo dura la subida

Llegamos al Philosophenweg

Después de un extenuante ascenso por el camino de la serpiente, seremos recompensados con una de las imágenes idílicas de Heidelberg, una que ha inspirado a pintores, filósofos y poetas. Además, encontraremos preciosos miradores en los que crece una variada, e incluso exótica, flora, gracias al clima tan agradable que posee Heidelberg, desde cerezos portuguese, limoneros y granados, hasta bambú, palmeras, pinos y almendros. Floreciendo todos ellos semanas antes que abajo en el valle.

Panorámica de Heidelberg desde el Philosophenweg
 
 Uno de los floridos y coloridos miradores del Philosophenweg
 
Una de las miles de variantes de flora del lugar 
  
  
3) Caminando por la ribera del río. La orilla del Neckar ofrece un pintoresco y tranquilo paisaje en el que descansar unos ya maltrechos pies. Con las señoriales villas actuando de telón de fondo y el verde césped de colchón, nos dejamos adormecer por el incesante arrullar de sus aguas, hábitat de numerosos patos y cisnes que también toman a Heidelberg como estación de paso en sus largas rutas de viajes
 

Ribera del río Neckar

Una vez repuestos, es el momento de interactuar un poco con estas simpáticas y amistosas aves.

 Dando de comer a los numerosos habitantes del río

4) Deambulando entre las ruinas del castillo. Llegó el momento de ir a la joya de la corona y testimonio de una época gloriosa. Para ello debemos volver a la otra orilla del Neckar y comenzar lo que será el ascenso de la ladera del Königstuhl, donde está majestuosamente entronizado el castillo de Heidelberg.

El castillo desde afuera y de cerca

Inicialmente, este fue concebido únicamente como fortaleza, pero con los años el edificio se fue expandiendo, incluyendo pronto palacios residenciales y espectaculares y decorativas fachadas, espectadores de la opulencia de la familia que allí vivía.

 Patio central con una de las fachadas al fondo

 Detalle de una de las fachadas

Paseando entre la historia por los patios interiores del castillo

Sin embargo, no todo fue oro en la historia de este monumento histórico. En él también brilló el fuego, y lo hizo con tal virulencia que casi derritió la piedra, dejando unas huellas que, a día de hoy, aún se detectan marcadamente en lo que queda de él. El primero de esos espolios lo sufriría durante la Guerra de los Treinta Años, aunque su final no llegaría hasta que, poco tiempo después, alrededor de 1730, fuera quemado nuevamente por las tropas francesas. 
Desde este instante, el castillo pasaría casi desapercibido hasta que, a principios del siglo siguiente, artistas y poetas descubrieran sus ruinas y las declararan como un símbolo del Romanticismo. Y no debería ser para menos, pues el espectáculo que levanta no podría estar en mayor consonancia con los ideales de este movimiento cultural: Interés y nostalgia por el pasado, por épocas remotas, preferentemente la Edad Media. Lugares de ensueño y fantasía. Ambientes ruinosos y tristes que logren conmover al espectador y un amor exacerbado por la naturaleza frente a la civilización como símbolo de todo lo verdadero y genuino. Y ¿qué hay más acorde con todo ello que un ruinoso castillo, leve reflejo de un pasado glorioso, que se ve sepultado por un frondoso y oscuro bosque adyacente?

 
 La fuerza y paciencia de la naturaleza frente a la civilización
 
Sin embargo, este atractivo e interés  por el castillo no ha vuelto a declinar nunca más. De hecho, son miles las personas que al año se acercan a él, y ríos de tinta los que aún sigue inspirando esta silenciosa y pétrea musa. Como esta maravillosa descripción que escribió Walter Benjamin (si quieres saber más de este irrepetible pensador y de su triste paso por España pincha aquí):
“Castillo de Heidelberg: las ruinas cuyos restos apuntan al cielo lucen doblemente hermosas en esos días claros en que el ojo, por las ventanas o simplemente sobre ellas, se encuentra con las nubes pasajeras. A través del espectáculo móvil que se monta en el cielo, la destrucción de las nubes confirma la eternidad de estos restos”. Walter Benjamin

No he tenido la oportunidad de contemplar dicha estampa, pues cuando lo visité coincidió con unos de esos días grises y lluviosos que le restan viveza a la policromía natural del paisaje. Pero dudo que pueda tener más belleza aquella imagen, y que en ella se pueda vislumbrar más la dualidad entre lo efímero y lo eterno a la que Benjamin se refiere en ese pequeño fragmento. Pues observar cómo la persistente lluvia se afana en horadar la pétrea estructura, logrando únicamente sucumbir en dicho intento para dejar como único eco de su esfuerzo el clamor de su dolor, el cual, a su vez, atrae a las huestes de babosas marrones y vermiformes que, siglo tras siglo, con sus pequeñas y poderosas mandíbulas han intentado roer silenciosamente los cimientos del edificio. Eso es lo que realmente te confirma la eternidad de estos restos.

El castillo un día húmedo

Desde los inmensos jardines del complejo se consigue contemplar una preciosa estampa del casco antiguo de Heidelberg, en la que resaltan el río Neckar, la iglesia del espíritu santo y el puente, además de todo el horizonte verde de un bosque que se encuentra entre los más bellos de Alemania, lo que no es decir poco.
 
 Panorámica de la ciudad desde el castillo
 
Paseando por el bosquil jardín del castillo
 
La espesura
 
Asimismo, también puedes visitar distintas dependencias interiores del castillo, en las que se hallan unos enormes barriles de vino del tamaño de la sala que los cobija, 

Uno de los enormes barriles, da para invitar a todoslos vecinos

y el museo de la farmacia, con numerosos ungüentos, utensilios y frascos con los elementos más raros que te puedas imaginar, además de habitáculos que podrían ser dignos del más hermético de los alquimistas.

Exposiciones del museo de la farmacia

 Detalle de frascos

 Buscando la piedra filosofal


5) Paseando por un cuento de hadas: el bosque de Königstuhl.
Para llegar a él hay que hacer uso del funicular, que, ya de por sí, es toda una atracción turística pues se trata del más largo y antiguo de toda Alemania. Este se coge en la estación de Kornmarkt, a solo dos minutos de Marktplatz

 La fuente en honor a María de Kornmarkt

Una vez subidos en él, su traqueteo te sumerge en una época lejana en la que los medios de transporte poseían una esencia que te transmitían gracias a sus sacudidas y vaivenes, que, sumados a los clásicos chirridos que profesaban, impregnaban a la atmósfera de un esfuerzo de que cada kilómetro recorrido era una dura victoria contra los elementos. Hecho que demostraba la fragilidad y debilidad de los logros de la humanidad, que se mostraban “impotente(s) como un sueño, como si fuera(n) a derrumbarse”. (Th. W. Adorno)

Funicular de Heidelberg

 Vista de Heidelberg desde la cima de Königstuhl

Una vez llegados a nuestra parada y atravesada la puerta del funicular, es como si te adentraras en Narnia, o algún otro mundo de fantasía. Un lugar perfecto para pasear gracias a sus sendas perfectamente delineadas, que discurren y se van adentrando cada vez más hasta el mismo corazón de este denso bosque. Pero lo más sorprendente y mágico de este lugar son todas las esculturas en madera que te vas encontrando por el camino: desde pequeños puentes, hasta papeleras con cabezas de ranas, pasando por figuras de jabalíes, tejones, conejos y otros animales oriundos de una espesa arboleda y bancos con forma de pájaro, en el que el respaldo está formado por sus alas desplegadas…

Descubriendo la magia del lugar



Cruzando el puente hacia Terabithia

Instrumentos musicales, también había un didgeridoo





Y el color brotó

 Yo y mi amigo de madera 

En el fragmento está el todo


Un lugar que fácilmente puede cautivar la imaginación del niño que, a pesar de los años de fuerte adoctrinamiento social, aún puede estar aletargado en nuestro interior, esperando a ser llamado.


Además, otros lugares de interés que ya no están tan localizados en lo que es la Altstadt son:
-          El jardín botánico de la Universidad

Paseando por el jardín botánico, que casi es un bosque



Un ejemplo de la gran variedad de flora que posee

-          Bergfiedhof, un tranquilo y sosegado cementerio en una de las boscosas colinas de la ciudad (Königstuhl)




Me imagino que sobra decir que, si quieres recorrer y pasear estas cinco dispares sendas, aprovechando todo lo que te puede ofrecer Heidelberg, necesitas pasar varios días en esta ciudad. Con una excursión de una tarde no te da para encontrar y sentir la melodía de este lugar.

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