viernes, 23 de febrero de 2018

Portbou, un réquiem en memoria de Walter Benjamin.



 
I. INTROITUS: Walter Benjamin 
En un pequeño pueblo turístico de la Costa Brava, puente de confluencia entre España y Francia, descansan los restos mortales de una de las mentes más preclaras y atractivas del siglo XX: el judío berlinés Walter Benjamin, quien, aunque haya muerto en esta localidad durante el verano de 1940, aún su obra mantiene, tristemente, una contundente actualidad al constituir un monumento al recuerdo de las vidas que corren al margen de la terrible corriente del progreso y de la historia, vidas sepultadas bajo el abrumador y rítmico paso de las botas militares, que desfilan por calles adoquinadas con los cráneos de los vencidos. 
“Todo aquel que hasta el presente día logró la victoria marcha en el desfile triunfal que conduce a los hoy dominadores por encima de quienes hoy yacen por tierra”. W. Benjamin
                                                                           
Walter Benjamin

II. KYRIE: Portbou
Abierto al mar Mediterráneo se encuentra este pequeño pueblo fronterizo de cielo azul y casas color tierra. Hoy poco tiene que ver con aquel al que Benjamin llegara y pasara sus últimas horas de vida. Aunque aún son visibles, en ciertos rincones, las últimas huellas de una desgastadora guerra civil y de la escasez acaecida en los años de la posguerra. Incluso agazapados entre las rocas, todavía se pueden hallar bunkers de alguna antigua línea defensiva, destinada a blindar la frontera pirenaica y así evitar posibles ataques. Ejemplos de estas estructuras se encuentran en la cercana playa de Tres Platgetes.
Poco puedo decir de la atmósfera que se respira en este pueblo en su época álgida, el verano, cuando sus playas sirvan de reclamo a los bañistas que buscan escapar del agobiante sol de agosto. Pero sí puedo hablar de su invierno, frío, aunque no en demasía, y lo suficientemente silencioso como para poder disfrutar, sentado a orillas del mar y con la mirada en el infinito horizonte, del hipnotizador entrechocar de las piedras en la marea. En la playa grande, frente al puerto deportivo y protegida por una bahía natural,  varios llaguts catalanes nos recuerdan el pasado pesquero del pueblo; sin embargo, hoy día, estos, más bien, son tripulados por veraneantes que los emplean en sus recreativos paseos por la costa. 
Caminando por sus calles, se tiene la sensación de que el pueblo se halla anclado en el tiempo, como si se tratara de una de esas pequeñas barcazas que simplemente se mecen con el oleaje, pero que en realidad no van a ninguna parte. La razón de esta atemporalidad es la especial situación de su enclave, un valle limitado tanto por el mar como por la montaña, hecho que ha frenado la construcción excesiva. Así, Portbou sigue pequeño y rodeado de naturaleza, un destino tranquilo, idóneo para caminar entre senderos, reflexionar, leer y, como no, disfrutar de la musicalidad de este cuasi recóndito paraje. 



Panorámica de Portbou tomada desde el cementerio

El Mar Mediterráneo adentrándose en la bahía de Portbou, visto desde la Playa Grande

Portbou

III. GRADUALE: París de los años 30
Situémonos en los años previos de este periplo que emprendió Walter con el objetivo de salvar la vida en un momento en el que la esperanza había abandonado el mundo, y dominaba el pánico que despertaban las sombras y el bramido de los Stuka alemanes, trompetas de Jericó que derribaban los muros con su tañido. 
En esos años previos a la catástrofe, artistas, pensadores, vividores, escritores, burgueses… todos ellos poblaban, en un auténtico y fértil crisol intelectual, los cafés y clubs de la capital francesa, por ese entonces, gracias en parte a su atmósfera musical, una de las ciudades más vibrantes del orbe. Sugerentes melodías de acordeón nos ayudan a transportarnos hasta esa bucólica y bohemia época de hedonismo y desenfreno. 

 Rollo de piano con Lee S. Roberts: “Parisian Nights” waltz

IV. TRACTUS: El proyecto de los pasajes. 
En tan insinuante ambiente y escenario se adentró el filósofo judío para gestar la que proyectaba ser su obra cumbre y en la que trabajó a lo largo de trece años, desde 1927 hasta su muerte en 1940. Este iba a ser un libro sobre París, el llamado Libro de los Pasajes, que proyectaba una filosofía material de la historia del siglo XIX, cuya idea principal se hallaría en la interpolación de lo minúsculo, de los pequeños y particulares momentos, a partir de lo cual se descubriría el acontecimiento histórico total. Durante esos trece años, Benjamin acumuló los materiales de lo que más tarde sería un enorme rompecabezas, un mapa estelar inconcluso de los fenómenos sociales del mundo moderno que cartografiaría desde las ensoñaciones arquitectónicas de Haussmann y la publicidad, hasta la figura del flâneur y todo tipo de rarezas que formaban parte de un entramado prácticamente invisible para los investigadores de su época. Sin embargo, esta obra no es un mero compendio de brillantes aforismos e inquietantes fragmentos, sino una extraordinaria red de pistas y testimonios que revelan la clara aspiración por renovar los instrumentos y métodos para investigar la historia, para poder peinarla a contrapelo, tal y como diría el berlinés. Benjamin se planteó como meta el reconocer el edificio de la sociedad burguesa mediante cada una de las partículas con que estaba construido, dando a luz una arqueología atípica que prescindiera de la ruina, o, más bien, que se anticipara a ella, para entender y prefigurar su desmoronamiento.
“Quien trate de acercarse a su propio pasado debe comportarse como un hombre que cava [...] Pues los estados de las cosas son sólo almacenamientos, capas, que sólo después de la más cuidadosa exploración, entregan lo que son los auténticos valores que se esconden en el interior de la tierra”. W. Benjamin.

Portada del Libro de los Pasajes

V. SECUENCIA:

1. Dies irae: La epopeya 
La particular odisea de Benjamin comenzó en París y duró unos tres meses aproximadamente, durante este tiempo recorrió miles de kilómetros por un territorio que le era hostil. Largas jornadas entre lodo y tierra seca. Lentas travesías mermando un espíritu fuerte pero enclaustrado en un pobre y ya cansado cascarón. Pies doloridos dentro de zapatos raídos. Pequeñas huellas en un campo enfangado, borradas por el infinito rodar de las orugas de la maquinaria bélica.

2. Tuba mirum: la frontera 
Tras haber salido de la localidad francesa de Port Vendres y guiado por la activista antinazi Lisa Fittko, quien llegó a narrar esta experiencia en un capítulo de su libro Mi travesía de los Pirineos, que dedicó al filósofo judío. La compañía la completaban la señora Henny Gurland, futura esposa de Erich Fromm, y su hijo, además de tres mujeres que se habían unido a ellos durante el camino, con el mismo propósito de cruzar la frontera. Al atardecer del 25 de septiembre de 1940, este heterogéneo grupo llegó a Portbou, donde, tras cruzar la frontera francesa de forma ilegal por no tener un permiso de salida, fueron interceptados por la policía española. A pesar de los esfuerzos de su amigo y compañero de batallas intelectuales Theodor Adorno, quien le había ayudado a obtener las visas de tránsito por España y de entrada a Estados Unidos, país en que le esperaba, Benjamin no pudo obtener el permiso francés de salida del país galo. 

3. Rex tremendae: la senda
Volviendo al presente Pourtbou, los visitantes más aventureros y con más energía de esta pequeña población pueden aventurarse a seguir los pasos del filósofo en su entrada a España, pues existen varias pistas de senderismo bien señalizadas; pero, si te animas a realizarlas, recuerda llevar contigo una gorra, pues la flora en esta zona es baja y, por lo tanto, la sombra escasea. Esta ruta transfronteriza recrea la que Walter siguió en su huida de la persecución antisemita desde Banyuls, a través del paso de Rumpissa o Rumpisó, en la montaña de Querroig. Desde septiembre de 2009, la ruta está acondicionada y señalizada en su totalidad, y la completan unos 7 km de sendero.

 Portbou visto desde Francia

4. Recordare: las últimas horas de Benjamin 
Interceptados y retenidos por la policía en un hotel llamado França de este pequeño puerto fronterizo español, con los ánimos mellados por el terrible cansancio de jornadas eternas y la incertidumbre por un futuro incierto, Benjamin, en la soledad de las cuatro paredes de una triste habitación, recapacitó y estudió las posibilidades y salidas que poseía ante tan complicada situación. 

5. Confutatis: la muerte del filósofo 
El 26 de septiembre de 1940, Walter toma su última decisión influenciado por el terror de ser deportado de nuevo a Francia y caer en manos de la temible Gestapo. Ese hecho, junto al agravante de su origen judío, le hizo ingerir una dosis letal de morfina, acto que refleja perfectamente las últimas palabras que profirió, las cuales, citaban a Kafka: “hay muchísima esperanza, pero no para nosotros”. 

               Placa que señaliza el lugar donde murió el filósofo

6. Lacrimosa: el cementerio  
El cuerpo sin vida fue llevado al cementerio local de Portbou, que se encuentra enclavado en una de las colinas que rodea la villa. Su altura hace de él un punto de observación idóneo desde donde contemplar el lento pasar del tiempo y reflexionar sobre la vulnerabilidad y fragmentariedad. En la soledad, con la única compañía del viento Tramontante que, desde las montañas, golpea nuestra cara y con unos pensamientos enmarcados por la horizontalidad del Mediterráneo, solamente perturbada por una bahía que se alza orgullosa desde el lecho marino con el único propósito de resistir, eternamente, el infinito envite de las olas, nuestro ser puede llegar a sentir un sutil embelesamiento que llega a su cenit en la puesta de sol, momento en el que la belleza del paraje se ve multiplicada por los tonos rojizos que se superponen ante nuestros ojos. Todo ello hace de este paraje un lugar idóneo para disfrutar del abanico de colores, de la musicalidad de la naturaleza y de una profunda reflexión que te lleve ante la otredad desamparada.

Calma e infinitud

  
Entrada al cementerio de Portbou

A tal pintoresco lugar fue a donde los compañeros de viaje del filósofo llevaron su cuerpo inerte y donde tuvieron que pagar por el alquiler del nicho 563. Durante cinco años, Walter pasó allí su descanso eterno, hasta que el tiempo del alquiler venció y fue trasladado al osario del mismo cementerio. En el certificado de defunción figura el nombre de Benjamín Walter, fallecido a causa de un aneurisma cerebral, lo que según Linhard posibilitó que un cementerio católico acogiese los restos del pensador germano, evitando complicaciones burocráticas. 
En 1979, casi cuarenta años después de su muerte, la colocación de una placa en el cementerio constituyó el primer acto de homenaje a un, hasta ese entonces, olvidado Walter Benjamin.

Placa conmemorativa en la entrada al cementerio de Portbou

7. Ingemisco: la tumba
En la actualidad, ya sobrepasado ese tiempo de anonimato y abandono al que fue circunscrita su memoria en esta población, se alza una tumba vacía en honor al intelectual, eterno símbolo al olvido de las anónimas personas que cruzan fronteras huyendo de la muerte. Esta sencilla estructura, constituida por una piedra canela con una pequeña placa de mármol negro en la que está grabado, a cincel y martillo, su nombre, además de una inquietante frase de sus tesis sobre historia:
“es ist niemals ein Dokument der Kultur, ohne zugleich ein solches der Barbarei zu sein”. 
“No hay documento de la cultura que no sea, a la vez, de la barbarie”
           
VI. Offertorium

1. Domine Iesu christe: el memorial
Si pocas eran las virtudes del escenario donde se edificó el camposanto, este, además, posee un monumento en memoria del filósofo. Realizado por el artista judío Dani Karavan quien, utilizando formas abstractas y en íntima relación con la áspera naturaleza del Pirineo gerundense, inserta en el paisaje un símbolo que permite acercarse a la situación de amenaza existencial vivida por los emigrantes, personas totalmente expuestas ante la crueldad. Este extraordinario escultor, famoso por conseguir que sus obras se integren en el paisaje, logra con este memorial, llamado Pasajes en honor a ese escrito en el que Walter estaba trabajando cuando murió, una simbiosis entre la tierra y el  producto de sus manos, que el mundo se aparezca, que se mundanice. Situado al borde de un acantilado, una fría estructura metálica, enraizada en la dura piedra, sobresale para servir de portal hacia el mar. Con ese camino hacia el inframundo que Karavan abrió, quiso reflejar la experiencia del final de la vida de Benjamin. Al fondo de esta escalera que se dirige a las entrañas de la tierra, un trasparente cristal permite contemplar cómo las olas, tan cercanas como inaccesibles, rompen contra la pared natural de piedra, y se lee otra de esas frases lapidarias del filósofo berlinés:  
“Es una tarea más ardua honrar la memoria de los seres humanos anónimos que no la de las personas célebres. La construcción histórica se consagra a la memoria de aquellos que no tienen nombre”.
Su inauguración tuvo lugar en 1994 y a ella asistió la propia Lisa Fittko, la activista que acompañó a Walter Benjamin y a otros refugiados a cruzar la frontera por los Pirineos. 

El portal que comunica con el reino de Hades

Las escaleras hacia el inframundo

 Las olas rompiendo al fondo


2. Hostias: la iglesia de Santa María de Portbou
Sobre la colina enfrentada a la del cementerio se alza el edificio más monumental de este pequeño pueblo pesquero, una iglesia de estilo neogótico, que data de finales del siglo XIX. Su fachada está decorada por un colorido rosetón, una entrada coronada por la imagen de la virgen bajo un dosel y entre dos ángeles; además, unos relieves, entre los que destacan las herméticas figuras de un Sol y una Luna, completan los ornamentos frontales. ¿Por qué? ¿Qué misterio encierra esta imaginería pagana de tiempos remotos?
La torre, no adosada al edificio central, se alza orgullosa con una planta octogonal cuyo piso superior de arcos apuntados es rematado por una gran cruz de hierro que extiende su sombra sobre las calles de Portbou.

Iglesia de Santa María de Portbou

VII. Sanctus: paneles informativos 
En las calles de Portbou existen unos paneles informativos que narran algunos hechos sobre la vida de Benjamin y forman un recorrido urbano a través de los escenarios en los que el pensador vivió sus últimas horas: la estación internacional de ferrocarril, el hostal França, donde murió, la avenida de Barcelona, el cementerio de la población, donde se halla su tumba y el monumento que el escultor Dani Karavan construyó en su memoria.

Walter Benjamin y el Portbou de 1940

 Walter Benjamin hacia la libertad

La Fonda Francia, lugar de reclusión

Avenida Barcelona, un lugar perfecto para el olvidado arte del caminar

VIII. Benedictus: la suerte que corrieron sus compañeros 
Pocos días después de la muerte de Benjamin, las autoridades españolas levantaron la restricción a las visas obtenidas en Marsella sin visado de salida, como la que Benjamin poseía. Gracias a ello, otros compañeros de viaje en sus mismas circunstancias, como la fotógrafa Henny Gurland y su hijo, Carina Birman y Sophie Lipmann, consiguieron pasar por España y llegar a Lisboa. 

IX. Agnus dei
Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. Representa un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que mira atónito. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas extendidas. El Ángel de la Historia debe de ser parecido. Ha vuelto su rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de acaecimientos él ve una única catástrofe que acumula sin cesar ruinas y más ruinas y se las vuelca a los pies. Querría demorarse, despertar a los muertos y componer el destrozo. Pero del Paraíso sopla un vendaval que se le ha enredado en las alas y es tan fuerte que el Ángel no puede ya cerrarlas. El vendaval le empuja imparable hacia el futuro al que él vuelve la espalda, mientras el cúmulo de ruinas ante él crece hacia el cielo. Ese vendaval es lo que nosotros llamamos progreso”. W. Benjamin

Paul Klee: Angelus Novus

X. Communio: las jornadas Walter Benjamin en Portbou 
Su recuerdo está más presente que nunca en Portbou. Todos los años, en septiembre y conmemorando el aniversario de la muerte del filósofo, se organizan unas jornadas con distintos especialistas sobre cultura y pensamiento que analizan la sociedad y política contemporánea a partir de la obra benjaminiana. En el plano académico su memoria está muy presente, pero este no ha revertido en quienes escriben la historia; estos últimos siguen empleando la sangre como tinta para dibujar, sobre las ruinas, sus propias τοπíα.

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