I.
INTROITUS: Walter Benjamin
En un pequeño
pueblo turístico de la Costa Brava, puente de confluencia entre España y
Francia, descansan los restos mortales de una de las mentes más preclaras y atractivas
del siglo XX: el judío berlinés Walter Benjamin, quien, aunque haya muerto en
esta localidad durante el verano de 1940, aún su obra mantiene, tristemente,
una contundente actualidad al constituir un monumento al recuerdo de las vidas
que corren al margen de la terrible corriente del progreso y de la historia,
vidas sepultadas bajo el abrumador y rítmico paso de las botas militares, que
desfilan por calles adoquinadas con los cráneos de los vencidos.
“Todo
aquel que hasta el presente día logró la victoria marcha en el desfile triunfal
que conduce a los hoy dominadores por encima de quienes hoy yacen por tierra”. W.
Benjamin
Walter Benjamin
II.
KYRIE: Portbou
Abierto
al mar Mediterráneo se encuentra este pequeño pueblo fronterizo de cielo azul y
casas color tierra. Hoy poco tiene que ver con aquel al que Benjamin llegara y
pasara sus últimas horas de vida. Aunque aún son visibles, en ciertos rincones,
las últimas huellas de una desgastadora guerra civil y de la escasez acaecida
en los años de la posguerra. Incluso agazapados entre las rocas, todavía se
pueden hallar bunkers de alguna antigua línea defensiva, destinada a blindar la
frontera pirenaica y así evitar posibles ataques. Ejemplos de estas estructuras
se encuentran en la cercana playa de Tres
Platgetes.
Poco
puedo decir de la atmósfera que se respira en este pueblo en su época álgida,
el verano, cuando sus playas sirvan de reclamo a los bañistas que buscan
escapar del agobiante sol de agosto. Pero sí puedo hablar de su invierno, frío,
aunque no en demasía, y lo suficientemente silencioso como para poder
disfrutar, sentado a orillas del mar y con la mirada en el infinito horizonte,
del hipnotizador entrechocar de las piedras en la marea. En la playa grande,
frente al puerto deportivo y protegida por una bahía natural, varios llaguts catalanes nos recuerdan el
pasado pesquero del pueblo; sin embargo, hoy día, estos, más bien, son
tripulados por veraneantes que los emplean en sus recreativos paseos por la
costa.
Caminando
por sus calles, se tiene la sensación de que el pueblo se halla anclado en el
tiempo, como si se tratara de una de esas pequeñas barcazas que simplemente se
mecen con el oleaje, pero que en realidad no van a ninguna parte. La razón de
esta atemporalidad es la especial situación de su enclave, un valle limitado
tanto por el mar como por la montaña, hecho que ha frenado la construcción
excesiva. Así, Portbou sigue pequeño y rodeado de naturaleza, un destino
tranquilo, idóneo para caminar entre senderos, reflexionar, leer y, como no,
disfrutar de la musicalidad de este cuasi recóndito paraje.
Panorámica de Portbou tomada desde el cementerio
El Mar Mediterráneo adentrándose en la bahía de Portbou, visto desde
la Playa Grande
Portbou
III.
GRADUALE: París de los años 30
Situémonos
en los años previos de este periplo que emprendió Walter con el objetivo de
salvar la vida en un momento en el que la esperanza había abandonado el mundo,
y dominaba el pánico que despertaban las sombras y el bramido de los Stuka
alemanes, trompetas de Jericó que derribaban los muros con su tañido.
En esos
años previos a la catástrofe, artistas, pensadores, vividores, escritores,
burgueses… todos ellos poblaban, en un auténtico y fértil crisol intelectual,
los cafés y clubs de la capital francesa, por ese entonces, gracias en parte a
su atmósfera musical, una de las ciudades más vibrantes del orbe. Sugerentes
melodías de acordeón nos ayudan a transportarnos hasta esa bucólica y bohemia
época de hedonismo y desenfreno.
Rollo de piano con Lee S. Roberts: “Parisian Nights” waltz
IV.
TRACTUS: El proyecto de los pasajes.
En tan
insinuante ambiente y escenario se adentró el filósofo judío para gestar la que
proyectaba ser su obra cumbre y en la que trabajó a lo largo de trece años,
desde 1927 hasta su muerte en 1940. Este iba a ser un libro sobre París, el
llamado Libro de los Pasajes, que
proyectaba una filosofía material de la historia del siglo XIX, cuya idea
principal se hallaría en la interpolación de lo minúsculo, de los pequeños y
particulares momentos, a partir de lo cual se descubriría el acontecimiento
histórico total. Durante esos trece años, Benjamin acumuló los materiales
de lo que más tarde sería un enorme rompecabezas, un mapa estelar inconcluso de
los fenómenos sociales del mundo moderno que cartografiaría desde las
ensoñaciones arquitectónicas de Haussmann y la publicidad, hasta la figura del flâneur y todo tipo de rarezas que
formaban parte de un entramado prácticamente invisible para los investigadores
de su época. Sin embargo, esta obra no es un mero compendio de brillantes
aforismos e inquietantes fragmentos, sino una extraordinaria red de pistas y
testimonios que revelan la clara aspiración por renovar los instrumentos y
métodos para investigar la historia, para poder peinarla a contrapelo, tal y
como diría el berlinés. Benjamin se planteó como meta el reconocer el edificio
de la sociedad burguesa mediante cada una de las partículas con que estaba
construido, dando a luz una arqueología atípica que prescindiera de la ruina,
o, más bien, que se anticipara a ella, para entender y prefigurar su
desmoronamiento.
“Quien
trate de acercarse a su propio pasado debe comportarse como un hombre que cava
[...] Pues los estados de las cosas son sólo almacenamientos, capas, que sólo
después de la más cuidadosa exploración, entregan lo que son los auténticos
valores que se esconden en el interior de la tierra”. W. Benjamin.
Portada del Libro de los Pasajes
V.
SECUENCIA:
1. Dies irae: La epopeya
La particular odisea de
Benjamin comenzó en París y duró unos tres meses aproximadamente, durante este
tiempo recorrió miles de kilómetros por un territorio que le era hostil. Largas
jornadas entre lodo y tierra seca. Lentas travesías mermando un espíritu fuerte
pero enclaustrado en un pobre y ya cansado cascarón. Pies doloridos dentro de
zapatos raídos. Pequeñas huellas en un campo enfangado, borradas por el
infinito rodar de las orugas de la maquinaria bélica.
2. Tuba mirum: la frontera
Tras haber salido de la
localidad francesa de Port Vendres y guiado por la activista antinazi Lisa
Fittko, quien llegó a narrar esta experiencia en un capítulo de su libro Mi travesía de los Pirineos, que dedicó
al filósofo judío. La compañía la completaban la señora Henny Gurland, futura
esposa de Erich Fromm, y su hijo, además de tres mujeres que se habían unido a
ellos durante el camino, con el mismo propósito de cruzar la frontera. Al
atardecer del 25 de septiembre de 1940, este heterogéneo grupo llegó a Portbou,
donde, tras cruzar la frontera francesa de forma ilegal por no tener un permiso
de salida, fueron interceptados por la policía española. A pesar de los
esfuerzos de su amigo y compañero de batallas intelectuales Theodor Adorno,
quien le había ayudado a obtener las visas de tránsito por España y de entrada a
Estados Unidos, país en que le esperaba, Benjamin no pudo obtener el permiso
francés de salida del país galo.
3. Rex tremendae: la senda
Volviendo al presente Pourtbou,
los visitantes más aventureros y con más energía de esta pequeña población pueden
aventurarse a seguir los pasos del filósofo en su entrada a España, pues
existen varias pistas de senderismo bien señalizadas; pero, si te animas a
realizarlas, recuerda llevar contigo una gorra, pues la flora en esta zona es
baja y, por lo tanto, la sombra escasea. Esta ruta transfronteriza recrea
la que Walter siguió en su huida de la persecución antisemita desde Banyuls, a
través del paso de Rumpissa o Rumpisó, en la montaña de Querroig. Desde
septiembre de 2009, la ruta está acondicionada y señalizada en su totalidad, y
la completan unos 7 km de sendero.
Portbou
visto desde Francia
4. Recordare: las últimas horas de Benjamin
Interceptados y retenidos por
la policía en un hotel llamado França
de este pequeño puerto fronterizo español, con los ánimos mellados por el
terrible cansancio de jornadas eternas y la incertidumbre por un futuro
incierto, Benjamin, en la soledad de las cuatro paredes de una triste
habitación, recapacitó y estudió las posibilidades y salidas que poseía ante
tan complicada situación.
5. Confutatis: la muerte del filósofo
El 26 de septiembre de 1940,
Walter toma su última decisión influenciado por el terror de ser deportado de nuevo
a Francia y caer en manos de la temible Gestapo. Ese hecho, junto al agravante
de su origen judío, le hizo ingerir una dosis letal de morfina, acto que
refleja perfectamente las últimas palabras que profirió, las cuales, citaban a
Kafka: “hay muchísima esperanza, pero no para nosotros”.
Placa que señaliza el lugar
donde murió el filósofo
6. Lacrimosa: el cementerio
El cuerpo sin vida fue llevado
al cementerio local de Portbou, que se encuentra enclavado en una de las
colinas que rodea la villa. Su altura hace de él un punto de observación idóneo
desde donde contemplar el lento pasar del tiempo y reflexionar sobre la
vulnerabilidad y fragmentariedad. En la soledad, con la única compañía del
viento Tramontante que, desde las montañas, golpea nuestra cara y con unos
pensamientos enmarcados por la horizontalidad del Mediterráneo, solamente
perturbada por una bahía que se alza orgullosa desde el lecho marino con el
único propósito de resistir, eternamente, el infinito envite de las olas,
nuestro ser puede llegar a sentir un sutil embelesamiento que llega a su cenit
en la puesta de sol, momento en el que la belleza del paraje se ve multiplicada
por los tonos rojizos que se superponen ante nuestros ojos. Todo ello hace de
este paraje un lugar idóneo para disfrutar del abanico de colores, de la
musicalidad de la naturaleza y de una profunda reflexión que te lleve ante la
otredad desamparada.
Calma e infinitud
Entrada
al cementerio de Portbou
A tal pintoresco lugar fue a
donde los compañeros de viaje del filósofo llevaron su cuerpo inerte y donde
tuvieron que pagar por el alquiler del nicho 563. Durante cinco años,
Walter pasó allí su descanso eterno, hasta que el tiempo del alquiler venció y
fue trasladado al osario del mismo cementerio. En el certificado de defunción
figura el nombre de Benjamín Walter, fallecido a causa de un aneurisma
cerebral, lo que según Linhard posibilitó que un cementerio católico acogiese
los restos del pensador germano, evitando complicaciones burocráticas.
En 1979, casi cuarenta años
después de su muerte, la colocación de una placa en el cementerio constituyó el
primer acto de homenaje a un, hasta ese entonces, olvidado Walter Benjamin.
Placa conmemorativa
en la entrada al cementerio de Portbou
7. Ingemisco: la tumba
En la actualidad, ya
sobrepasado ese tiempo de anonimato y abandono al que fue circunscrita su
memoria en esta población, se alza una tumba vacía en honor al intelectual, eterno
símbolo al olvido de las anónimas personas que cruzan fronteras huyendo de la
muerte. Esta sencilla estructura, constituida por una piedra canela con una
pequeña placa de mármol negro en la que está grabado, a cincel y martillo, su
nombre, además de una inquietante frase de sus tesis sobre historia:
“es ist
niemals ein Dokument der Kultur, ohne zugleich ein solches der Barbarei zu
sein”.
“No hay documento de la cultura que no sea, a la vez, de la barbarie”
VI.
Offertorium
1. Domine Iesu christe: el memorial
Si pocas eran las virtudes del
escenario donde se edificó el camposanto, este, además, posee un monumento en
memoria del filósofo. Realizado por el artista judío Dani Karavan quien,
utilizando formas abstractas y en íntima relación con la áspera naturaleza del
Pirineo gerundense, inserta en el paisaje un símbolo que permite acercarse a la
situación de amenaza existencial vivida por los emigrantes, personas totalmente
expuestas ante la crueldad. Este extraordinario escultor, famoso por conseguir
que sus obras se integren en el paisaje, logra con este memorial, llamado Pasajes en honor a ese escrito en el que
Walter estaba trabajando cuando murió, una simbiosis entre la tierra y el producto de sus manos, que el mundo se
aparezca, que se mundanice. Situado al borde de un acantilado, una fría estructura
metálica, enraizada en la dura piedra, sobresale para servir de portal hacia el
mar. Con ese camino hacia el inframundo que Karavan abrió, quiso reflejar la
experiencia del final de la vida de Benjamin. Al fondo de esta escalera que se
dirige a las entrañas de la tierra, un trasparente cristal permite contemplar
cómo las olas, tan cercanas como inaccesibles, rompen contra la pared natural
de piedra, y se lee otra de esas frases lapidarias del filósofo berlinés:
“Es
una tarea más ardua honrar la memoria de los seres humanos anónimos que no la
de las personas célebres. La construcción histórica se consagra a la memoria de
aquellos que no tienen nombre”.
Su inauguración tuvo lugar en
1994 y a ella asistió la propia Lisa Fittko, la activista que acompañó a Walter
Benjamin y a otros refugiados a cruzar la frontera por los Pirineos.
El portal que comunica con el reino de Hades
Las escaleras hacia el inframundo
Las olas rompiendo al fondo
2. Hostias: la iglesia de Santa María de
Portbou
Sobre la colina enfrentada a la
del cementerio se alza el edificio más monumental de este pequeño pueblo
pesquero, una iglesia de estilo neogótico, que data de finales del siglo XIX.
Su fachada está decorada por un colorido rosetón, una entrada coronada por la
imagen de la virgen bajo un dosel y entre dos ángeles; además, unos relieves, entre
los que destacan las herméticas figuras de un Sol y una Luna, completan los
ornamentos frontales. ¿Por qué? ¿Qué misterio encierra esta imaginería pagana
de tiempos remotos?
La torre, no adosada al
edificio central, se alza orgullosa con una planta octogonal cuyo piso superior
de arcos apuntados es rematado por una gran cruz de hierro que extiende su
sombra sobre las calles de Portbou.
Iglesia
de Santa María de Portbou
VII.
Sanctus: paneles informativos
En las
calles de Portbou existen unos paneles informativos que narran algunos hechos
sobre la vida de Benjamin y forman un recorrido urbano a través de los
escenarios en los que el pensador vivió sus últimas horas: la estación
internacional de ferrocarril, el hostal França, donde murió, la avenida de
Barcelona, el cementerio de la población, donde se halla su tumba y el
monumento que el escultor Dani Karavan construyó en su memoria.
Walter Benjamin y el Portbou de 1940
Walter Benjamin hacia la libertad
La Fonda Francia, lugar de reclusión
Avenida Barcelona, un lugar perfecto para el olvidado arte del caminar
VIII.
Benedictus: la suerte que corrieron sus compañeros
Pocos
días después de la muerte de Benjamin, las autoridades españolas levantaron la
restricción a las visas obtenidas en Marsella sin visado de salida, como la que
Benjamin poseía. Gracias a ello, otros compañeros de viaje en sus mismas
circunstancias, como la fotógrafa Henny Gurland y su hijo, Carina Birman y
Sophie Lipmann, consiguieron pasar por España y llegar a Lisboa.
IX.
Agnus dei
“Hay un cuadro de
Klee que se llama Angelus Novus.
Representa un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que mira
atónito. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas extendidas. El
Ángel de la Historia debe de ser parecido. Ha vuelto su rostro hacia el pasado.
Donde ante nosotros aparece una cadena de acaecimientos él ve una única
catástrofe que acumula sin cesar ruinas y más ruinas y se las vuelca a los
pies. Querría demorarse, despertar a los muertos y componer el destrozo. Pero
del Paraíso sopla un vendaval que se le ha enredado en las alas y es tan fuerte
que el Ángel no puede ya cerrarlas. El vendaval le empuja imparable hacia el
futuro al que él vuelve la espalda, mientras el cúmulo de ruinas ante él crece
hacia el cielo. Ese vendaval es lo que nosotros llamamos progreso”. W. Benjamin
Paul
Klee: Angelus Novus
X.
Communio: las jornadas Walter Benjamin en Portbou
Su recuerdo
está más presente que nunca en Portbou. Todos los años, en septiembre y conmemorando
el aniversario de la muerte del filósofo, se organizan unas jornadas con
distintos especialistas sobre cultura y pensamiento que analizan la sociedad y
política contemporánea a partir de la obra benjaminiana. En el plano académico
su memoria está muy presente, pero este no ha revertido en quienes escriben la
historia; estos últimos siguen empleando la sangre como tinta para dibujar,
sobre las ruinas, sus propias τοπíα.
































