Idílica ciudad alemana
que aún mantiene vigente un encanto medieval y barroco. Ubicada en el medio de
un frondoso y verde valle, al que parte por la mitad el serpenteante río Neckar,
a la vez que tres escarpadas colinas (Königstuhl,
Gaisberg y Heiligenberg) limitan
su expansión, protegiéndola del trepidante correr del tiempo. Y es que al
visitar su casco antiguo, centro neurálgico desde el que partiremos, la
historia, completamente viva, sale a nuestro paso para acompañarnos en nuestro viaje.
Esta ciudad está ideada
de principio a fin para el olvidado arte de pasear, una práctica antaño vigente
pero hoy defenestrada de nuestras actividades cotidianas. Un ejercicio que no
se limitaba al mero uso del sistema locomotor, sino que requería, además, de
una minuciosa actividad mental, pues si esta se realizaba bien, con los pies se
ponía en movimiento la mente, profundizando en los caminos más recónditos de
nuestra psique, la senda realmente importante en este proceso:
“Llegar,
¡quién piensa! Caminar importa sin que se extinga la divina llama del
arte largo en nuestra vida corta”. Manuel Machado y Ruiz
Numerosos y variados
son los escenarios que nos presenta Heidelberg para tal afición: preciosos
paseos urbanos por extensas calles peatonales, caminos por la ribera del río
Neckar, zonas de frondosos bosques e incluso caminar entre ruinas medievales. Por
ello, no extraña que la Escuela Superior de Medicina de Hannover la haya
elegido en 2007 como la tercera «ciudad más saludable» de Alemania.
Ahora realicemos un
viaje mental a través de cada una de las sendas que nos ofrece esta ciudad que
florece entre bosques:
1) Caminando por el
casco antiguo: El primero de estos paseos se puede realizar por sus largas
calles peatonales, entre la que destaca por su longitud Hauptstrasse, la calle principal, que va directa hacia el corazón
histórico de Heidelberg: Marktplatz,
la plaza del mercado, desde donde se vislumbra ya en la lejanía la edificación más
representativa de la ciudad: las ruinas del castillo de Heidelberg, que tanto
incendió la imaginación de los románticos del siglo XIX.
El
castillo desde Marktplatz
Pero a él volveremos
más tarde, de momento, movámonos entre las esquinas de la ciudad.
Como núcleo de esta
plaza en la que nos encontrábamos, se alza Heiliggeistkirche («iglesia
del Espíritu Santo»), la iglesia más famosa y concurrida de la ciudad, que a
día de hoy atrae a visitantes al interior de sus gruesos muros gracias a la
programación de recitales de órgano, música de cámara o interpretaciones
corales.
Las
intrincadas vidrieras de estilo gótico del ábside y puestos de recuerdos anexos a sus muros
Esta, gracias a su gran
envergadura y característico color rojizo, sobresale y presenta un contrapunto
al resto de edificios que la circundan, constituidos en su mayoría por
coloridas casas de tres plantas y tejados de teja, a juego con el ladrillo de
la iglesia.
Las
coloridas casas cercanas a la iglesia que sirven de limes de la plaza
Entre los edificios
circundantes destacan especialmente dos: el primero el ayuntamiento, que mira
al ábside de la iglesia
Ayuntamiento de Heidelberg
y el segundo el hotel Zum ritter, a la derecha de su fachada.
Bella
fachada barroca del hotel Zum ritter
Además, una cosa que me
llamó la atención, y me llevó directamente a imaginarme este lugar en una época
más remota que la actual, fueron los rústicos y encantadores puestos que
estaban anexos a los muros de la iglesia, donde se vendían distintos recuerdos
de la ciudad, armas de juguete (espadas, escudos, ballestas, arcos,…)
realizadas en madera…
Asimismo, las numerosas
cafeterías de esta plaza conforman un punto de observación perfecto para contemplar
el discurrir de la ciudad, además de servir como lugar de refrigerio y descanso
para unos cansados pies.
Una vez salimos de este
amplio enclave de la plaza, nos adentramos en calles más estrechas, en las que
nuestros pasos sobre la adoquinada calzada, reverberan entre las coloridas
casas de este singular enclave urbano.
Paseando
por Heidelberg
Karlplatz
En todas ellas hay
atractivos escaparates de tiendas de anticuarios, en las que puedes encontrar
los objetos más insólitos, desde libros hasta muebles de época perfectamente
conservados, pequeños rincones en los que la historia está en venta al mejor
postor.
Escaparate
de un anticuario
Si se sigue por la
calle principal llegarás hasta la universidad, buque insignia de la ciudad, que,
con su fecha de fundación en 1386, se convierte en la más antigua de toda
Alemania y en una de las instituciones más vetustas de Europa.
Biblioteca
de la universidad
En todos estos años de
existencia, han sido muchos los pensadores de primer orden que han estado
asociados a ella, como: Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Karl Jaspers, Hans-Georg
Gadamer, Jürgen Habermas, Karl-Otto Apel y Hannah Arendt.
Placa
conmemorativa del paso de Hegel por la ciudad
Precisamente uno de
ellos, más concretamente Gadamer, narra una anécdota de lo que le sucedió en su
primer viaje a esta ciudad:
“Así que me puse en
marcha hacia Heidelberg, donde llegué a medianoche. Deambulé en vano de puerta
en puerta, buscando un hotel. Al fin, eran las dos, pareció llegar la suerte.
Una puerta se abrió para alojar huéspedes, y me apresuré a entrar. Pero era una
pensión de la Cruz Roja sólo para mujeres. No sabía qué hacer. Imposible […]
quedarse en la estación. La sala de espera estaba abarrotada de figuras de lo
más sospechoso… ¿Qué hacer? Como era una templada noche de mayo, me tendí en un
banco en la Plaza de Bismarck para dormir allí, con mi maletín como almohada, y
dormí el sueño de los justos. Hasta que, a eso de las siete, unos rudos puños
me zarandearon y un severo policía, plantado delante de mí, me dijo que no
estaba permitido dormir allí. No hay nada como el orden”.
Después de deambular
por las calles de la ciudad nos dirigimos hacia el norte para llegar al río y
al puente de Karl-Theodor, que emerge
rojizo de las caudalosas aguas del Neckar.
El puente y el río
Antes de acceder a él se tiene que superar la Brückentor (la
entrada del puente), una de las imágenes típicas de Heidelberg que con sus
torres gemelas rememoran un pasado medieval. Una vez en el puente, nos
maravillamos con su prolija ornamentación. Durante todo su recorrido, que comunica
lo que es el casco antiguo con el distrito de Neuenheim, varias son las
esculturas que salen a nuestro paso, destacando la de Karl-Theodor y la de un
mono que hace las delicias de los visitantes, quienes se agolpan a su alrededor
para sacarse la fotografía de rigor.
Brückentor
vista desde el puente
Panorámica
del río tomada desde el puente
Vista
de la ciudad desde la orilla opuesta
2) El romántico camino de los filósofos: La segunda de las
rutas posibles en esta ciudad parte precisamente desde este punto. Entre las
villas señoriales aparece una pequeña y estrecha senda llamada Schlangenweg (el camino de la
serpiente), denominada así por lo zigzageante de su recorrido. Tomando este
camino y subiendo lo que es la loma (hay que estar un poco en forma, aunque,
eso sí, tiene numerosos bancos en los que reposar y admirar las vistas, que
serán mejores cuanto más subamos) nos dirigiremos hacia el Philosophenweg (camino de los filósofos), reliquia del Romanticismo
alemán que germinó en esta ciudad con poetas como Joseph von Eichendorff,
Johann Joseph von Görres, Ludwig Achim von Arnim y Clemens Brentano.
Subiendo
por Schlangenweg, ya se estaba poniendo dura la subida
Llegamos
al Philosophenweg
Después de un extenuante ascenso por el camino de la serpiente, seremos recompensados con una de las imágenes idílicas de Heidelberg, una que ha inspirado a pintores, filósofos y poetas. Además, encontraremos preciosos miradores en los que crece una variada, e incluso exótica, flora, gracias al clima tan agradable que posee Heidelberg, desde cerezos portuguese, limoneros y granados, hasta bambú, palmeras, pinos y almendros. Floreciendo todos ellos semanas antes que abajo en el valle.
Panorámica de Heidelberg desde el Philosophenweg
Uno de los floridos y coloridos miradores del Philosophenweg
Una de las miles de variantes de flora del lugar
3) Caminando por la ribera
del río. La orilla del Neckar ofrece un pintoresco y tranquilo paisaje en el
que descansar unos ya maltrechos pies. Con las señoriales villas actuando de
telón de fondo y el verde césped de colchón, nos dejamos adormecer por el
incesante arrullar de sus aguas, hábitat de numerosos patos y cisnes que
también toman a Heidelberg como estación de paso en sus largas rutas de viajes
Ribera del río Neckar
Una vez repuestos, es el momento de interactuar un poco con estas simpáticas y amistosas aves.
Dando
de comer a los numerosos habitantes del río
4) Deambulando entre
las ruinas del castillo. Llegó el momento de ir a la joya de la corona y
testimonio de una época gloriosa. Para ello debemos volver a la otra orilla del
Neckar y comenzar lo que será el ascenso de la ladera del Königstuhl, donde está majestuosamente entronizado el castillo de
Heidelberg.
El
castillo desde afuera y de cerca
Inicialmente, este fue concebido únicamente como fortaleza, pero con los
años el edificio se fue expandiendo, incluyendo pronto palacios residenciales y
espectaculares y decorativas fachadas, espectadores de la opulencia de la
familia que allí vivía.
Patio central con una de las fachadas al fondo
Detalle de una de las fachadas
Paseando entre la historia por los patios interiores del
castillo
Sin embargo, no todo fue oro en la historia de este monumento histórico. En
él también brilló el fuego, y lo hizo con tal virulencia que casi derritió la
piedra, dejando unas huellas que, a día de hoy, aún se detectan marcadamente en
lo que queda de él. El primero de esos espolios lo sufriría durante la Guerra
de los Treinta Años, aunque su final no llegaría hasta que, poco tiempo después,
alrededor de 1730, fuera quemado nuevamente por las tropas francesas.
Desde este instante, el castillo pasaría casi
desapercibido hasta que, a principios del siglo siguiente, artistas y poetas
descubrieran sus ruinas y las declararan como un símbolo del Romanticismo. Y no
debería ser para menos, pues el espectáculo que levanta no podría estar en
mayor consonancia con los ideales de este movimiento cultural: Interés y
nostalgia por el pasado, por épocas remotas, preferentemente la Edad Media.
Lugares de ensueño y fantasía. Ambientes ruinosos y tristes que logren conmover
al espectador y un amor exacerbado por la naturaleza frente a la
civilización como símbolo de todo lo verdadero y genuino. Y ¿qué hay más acorde
con todo ello que un ruinoso castillo, leve reflejo de un pasado glorioso, que
se ve sepultado por un frondoso y oscuro bosque adyacente?
La fuerza y paciencia de la naturaleza frente a la civilización
Sin embargo, este atractivo e interés por el castillo no ha vuelto a declinar nunca
más. De hecho, son miles las personas que al año se acercan a él, y ríos de
tinta los que aún sigue inspirando esta silenciosa y pétrea musa. Como esta
maravillosa descripción que escribió Walter Benjamin (si quieres saber más de este
irrepetible pensador y de su triste paso por España pincha aquí):
“Castillo de
Heidelberg: las ruinas cuyos restos apuntan al cielo lucen doblemente hermosas
en esos días claros en que el ojo, por las ventanas o simplemente sobre ellas,
se encuentra con las nubes pasajeras. A través del espectáculo móvil que se
monta en el cielo, la destrucción de las nubes confirma la eternidad de estos
restos”. Walter Benjamin
No he tenido la oportunidad de contemplar dicha
estampa, pues cuando lo visité coincidió con unos de esos días grises y
lluviosos que le restan viveza a la policromía
natural del paisaje. Pero dudo que pueda tener más belleza aquella imagen, y
que en ella se pueda vislumbrar más la dualidad entre lo efímero y lo eterno a
la que Benjamin se refiere en ese pequeño fragmento. Pues observar cómo la
persistente lluvia se afana en horadar la pétrea estructura, logrando
únicamente sucumbir en dicho intento para dejar como único eco de su esfuerzo
el clamor de su dolor, el cual, a su vez, atrae a las huestes de babosas
marrones y vermiformes que, siglo tras siglo, con sus pequeñas y poderosas
mandíbulas han intentado roer silenciosamente los cimientos del edificio. Eso
es lo que realmente te confirma la eternidad de estos restos.
El castillo un día húmedo
Desde los inmensos jardines del complejo se consigue
contemplar una preciosa estampa del casco antiguo de Heidelberg, en la que
resaltan el río Neckar, la iglesia del espíritu santo y el puente, además de
todo el horizonte verde de un bosque que se encuentra entre los más bellos de
Alemania, lo que no es decir poco.
Panorámica de la ciudad desde el castillo
Paseando por el bosquil jardín del castillo
La espesura
Asimismo, también
puedes visitar distintas dependencias interiores del castillo, en las que se
hallan unos enormes barriles de vino del tamaño de la sala que los cobija,
Uno
de los enormes barriles, da para invitar a todoslos vecinos
y el museo de la
farmacia, con numerosos ungüentos, utensilios y frascos con los elementos más
raros que te puedas imaginar, además de habitáculos que podrían ser dignos del
más hermético de los alquimistas.
Exposiciones
del museo de la farmacia
Detalle
de frascos
Buscando
la piedra filosofal
5) Paseando por un
cuento de hadas: el bosque de Königstuhl.
Para llegar a él hay
que hacer uso del funicular, que, ya de por sí, es toda una atracción turística
pues se trata del más largo y antiguo de toda Alemania. Este se coge en la
estación de Kornmarkt, a solo dos
minutos de Marktplatz.
La
fuente en honor a María de Kornmarkt
Una vez subidos en él,
su traqueteo te sumerge en una época lejana en la que los medios de transporte
poseían una esencia que te transmitían gracias a sus sacudidas y vaivenes, que,
sumados a los clásicos chirridos que profesaban, impregnaban a la atmósfera de
un esfuerzo de que cada kilómetro recorrido era una dura victoria contra los
elementos. Hecho que demostraba la fragilidad y debilidad de los logros de la
humanidad, que se mostraban “impotente(s) como un sueño, como si fuera(n) a
derrumbarse”. (Th. W. Adorno)
Funicular
de Heidelberg
Vista
de Heidelberg desde la cima de Königstuhl
Una vez llegados a
nuestra parada y atravesada la puerta del funicular, es como si te adentraras
en Narnia, o algún otro mundo de fantasía. Un lugar perfecto para pasear
gracias a sus sendas perfectamente delineadas, que discurren y se van
adentrando cada vez más hasta el mismo corazón de este denso bosque. Pero lo
más sorprendente y mágico de este lugar son todas las esculturas en madera que
te vas encontrando por el camino: desde pequeños puentes, hasta papeleras con
cabezas de ranas, pasando por figuras de jabalíes, tejones, conejos y otros
animales oriundos de una espesa arboleda y bancos con forma de pájaro, en el
que el respaldo está formado por sus alas desplegadas…
Descubriendo
la magia del lugar
Cruzando
el puente hacia Terabithia
Instrumentos
musicales, también había un didgeridoo
Y
el color brotó
Yo y mi amigo de madera
En el fragmento está el todo
Un lugar que fácilmente
puede cautivar la imaginación del niño que, a pesar de los años de fuerte
adoctrinamiento social, aún puede estar aletargado en nuestro interior,
esperando a ser llamado.
Además, otros lugares de
interés que ya no están tan localizados en lo que es la Altstadt son:
-
El jardín botánico de la Universidad
Paseando
por el jardín botánico, que casi es un bosque
Un
ejemplo de la gran variedad de flora que posee
-
Bergfiedhof,
un tranquilo y sosegado cementerio en una de las boscosas colinas de la ciudad
(Königstuhl).
Me imagino que sobra
decir que, si quieres recorrer y pasear estas cinco dispares sendas,
aprovechando todo lo que te puede ofrecer Heidelberg, necesitas pasar varios
días en esta ciudad. Con una excursión de una tarde no te da para encontrar y sentir
la melodía de este lugar.



















































