domingo, 3 de septiembre de 2017

República Checa, siguiendo el rumor del Moldava.



Inauguro esta andadura por el mundo de los blogs con un viaje por un país que me ha sorprendido gratamente: República Checa, una ‘isla’ esmeralda en el corazón de Europa, repleta de vastos y tupidos bosques que dominan hasta el horizonte, como si estuviera aún anclada en un remoto pasado del que ya solamente podemos escuchar un leve eco. Una tierra bañada por mil lagos cristalinos, en cuyas orillas surgen pequeñas villas coronadas por iglesias de arrogantes torreones y plazas adornadas por emblemáticas columnas de la plaga, que simbolizan la supervivencia de la ciudad ante aquella epidemia de peste que asoló el centro de Europa durante el Barroco, de ahí su estilo arquitectónico. 

Třeboň, ciudad histórica de Bohemia Meridional.

Vista de Jindřichův Hradec.

Telč, ciudad patrimonio de la Unesco.

Todo ello hace de este país un icónico destino al que viajar para perderse en la contemplación e introducirse y caminar por entre sus mágicos parques nacionales, donde el silencio solamente es roto por los pájaros y el ulular del viento contra los altos árboles, a los que hace castañetear entre sí. No es de extrañar que grandes músicos se dejaran embargar por estos paisajes y la cultura del país, para dar a luz unas obras de inigualable fuerza y belleza, que han llenado los oídos de sucesivas generaciones durante casi dos siglos. Los dos ejemplos más emblemáticos los representan Dvorak y Smetana, cuyo recuerdo y memoria recorren las calles de cualquier ciudad que se precie, por muy pequeña que esta sea, en forma de estatuas, placas conmemorativas, hoteles, cafés... Estos compositores dejaron que este país se introdujera en sus venas y recorriera cada poro de su piel hasta terminar explotando en su música. Sin embargo, intentar hacer un resumen de esa vívida experiencia musical que se respira en República Checa es una tarea harto complicada, pero no se me ha ocurrido mejor modo de vivenciarla que centrándome en una pieza del segundo de los compositores mencionado, el ilustre y archiconocido Moldava, Vltava en checo, poema sinfónico con el que le dio melodía al homónimo río, que con sus 430 Km se convierte en el más largo de los que bañan a este país, y del que el propio compositor dejó escrito:
La composición describe el curso del Moldava: el nacimiento en dos pequeños manantiales, el Moldava Frío y el Moldava Caliente, su unión, el discurrir a través de bosques y pastizales, a través de paisajes donde se celebra una boda campesina, la danza de las náyades a la luz de la luna; en las cercanías del río se alzan castillos orgullosos, palacios y ruinas. El Moldava se precipita en los Rápidos de San Juan, y después se ensancha de nuevo y fluye apacible hacia Praga, pasa ante el castillo Vyšehrad, y se desvanece majestuosamente en la distancia, desembocando en el Elba.”

Bedřich Smetana: El Moldava (dir. Herbert von Karajan)


El Moldava, un río con música propia
Dudo que exista mejor forma de iniciar el contacto musical con Chequia que tomando a este río como banda sonora y seguir su curso desde su nacimiento hasta su desembocadura en el Elba, la cual sucede en Mělník. He podido observar cómo en el esplendoroso parque Šumava sus cristalinas y gélidas aguas corrían ladera abajo, casi sin cauce, un mero hilo, como si de una tímida flauta, que lucha por resaltar desde la profundidad de la orquesta, se tratara. 

Verde pradera en el Parque Nacional Šumava 

Torrente de agua cristalina recorriendo las profundidades del Parque Nacional Šumava

 Poco a poco va tomando fuerza esa idea que es el Moldava, para terminar surgiendo de entre los ancianos árboles que pueblan dicho parque y derramarse por los campos verdes que pueblan el país. Una vez fuera de sus dominios, si es que alguna vez estos terminan dentro de las fronteras de Chequia, el río se muestra en campo abierto, con toda la fuerza que le da el empuje de su magnificencia, para llegar a un momento mágico, cuando recorre las muralla de Cesky Krumlov, patrimonio de la humanidad de la Unesco desde 1992. Se trata de una ciudad “excavada” en la piedra durante el s. XIII. A ambas orillas de nuestro río, se extiende este lugar de ensueño que poco le tiene que envidiar a aquellas surgidas de la fantasía e imaginación de Tolkien. En ella, un nivario y gigantesco castillo (el segundo en tamaño de la República Checa) contempla desde lo alto el incesante fluir del río, que implacablemente intenta horadar los cimientos sobre los que aquel se yergue. El punto más alto es la torre del castillo, desde donde la panorámica de la ciudad es asombrosa. La atmósfera que se respira en la ciudad es de fantasía medieval, casi se puede oír cómo las trompetas anuncian que el señor sale en una partida de caza hacia los bosques anexos, portando los blasones de su casa: la rosa de cinco pétalos de los Rosenberg, en busca de cobrarse una pieza que asarán esa misma noche en humeantes cocinas que huelan a leña quemada. Si se cierra los ojos mientras se pasea por sus estrechas y adoquinadas calles, uno se puede imaginar el repicar de los artesanos en sus talleres o cómo el tumulto se aglomera en ruidosos mercados de carne y pescado, poblados, en la actualidad, por manufacturas típicas checas realizadas en madera, donde puedes comprar desde juguetes hasta adornos y útiles para el hogar.


Vista de Český Krumlov

 
Panorámica desde la torre del castillo, Český Krumlov

Una vez dejada atrás la ciudad, el río, nuestro gran protagonista, se dirige con paso firme hacia Ceske Budejovice, cuyo parque, al cual baña, es el escenario perfecto para la fiesta de una boda. Sus sauces, pinos y nogales les ofrecen sombra a los invitados más tranquilos, mientras que los más animados se mueven y dan vueltas al son de las polkas, dan palmas alrededor de los novios, que se abandonan a los influjos de Dioniso y festejan hasta el amanecer la nueva unidad. 

 El Moldava a su paso por České Budějovice.

 Ya en Praga el río muestra todo su esplendor, entra a los pies de la fortaleza medieval de Vyšehrad (castillo en las alturas en español), cuna y hogar de príncipes y princesas, entre ellas la legendaria Libusa, fundadora de Praga y sobre la que puedes aprender en las exposiciones que se realizan en el propio complejo, además de contemplar una estatua suya junto a su marido en los jardines del mismo. Smetana se fijó en esta leyenda y la tomó para escribir una ópera sobre este importante personaje femenino.

Bedřich Smetana: Aria de Libusa de la ópera Libuše (cantante: Gabriela Beňačková)

El Moldava a los pies de Vyšehrad

Esta fortaleza debió significar bastante para el compositor, pues, como ya vimos más arriba, la mencionó al describir su pieza consagrada al Moldava, y además le dedicó, expresamente, el primero de los poemas sinfónicos que constituyen el ciclo: Mi patria (Má vlast), al cual pertenece el propio Moldava. Por eso veo más que poético que la tumba de Bedrich se encuentre en el cementerio de Vyšehrad, donde descansan los restos de otros checos ilustres, como por ejemplo Dvorak, Jan Neruda o Alfons Mucha, entre otros.

 Tumba de Bedřich Smetana

Tumba de Antonín Dvořák 

Bedřich Smetana: Vysehrad


Praga multiplica exponencialmente la magnificencia del río, que con su enorme cauce, divide en dos a la ciudad, siendo solamente salvado por algunos puentes, entre los que destaca el de Carlos, que une la ciudad antigua con Malá Strana. Sus extremos se hallan coronados por dos torres, desde donde se puede observar una panorámica de la ciudad, y cómo no, del río, que fluye a sus pies con paso calmo y poblado de pequeñas embarcaciones en las que foráneos y autóctonos se aventuran a remar por sus tranquilas aguas.

Panorámica del Puente de Carlos sobre el Moldava

Aglomeraciones en el Puente de Carlos

Yo diría que el alma de esta ciudad es musical. En ella se respira música, desde el swing y canciones tradicionales de músicos callejeros, hasta la programación académica que ofrecen las numerosas salas de conciertos, las cuales se hallan a pleno rendimiento, amén de la oferta cultural que poseen las iglesias. De entre todas esas salas sobresalen:
-El impactante Rudolfinum, cuya fachada neorrenacentista se encuentra adornada con una estatua del primer director de la Orquesta Filarmónica Checa, nada más y nada menos que Antonín Dvořák, además de tener toda la cornisa rematada con figuras de los grandes compositores de la historia de la música europea: Beethoven, Mozart, Händel…

 Dvořák  frente al Rudolfinum
-La elegante casa municipal, que además de un restaurante francés, posee una sala de conciertos llamada Smetana. Todo el edificio, de estilo modernista, se encuentra decorado con un gusto sublime de mano de grandes artistas del momento, como por ejemplo Alfons Mucha y su característico estilo Art noveau.

 Anocheciendo frente a la Casa Municipal

Sin embargo, no todos los edificios dedicados al mundo musical son templos esplendorosos y magnificentes, pero no por ello esos últimos poseen un valor menor o su oferta es menos jugosa. Un claro ejemplo es la más “modesta” sala que se ubica en el museo Dvořák, situado en un precioso palacete barroco, que a pesar de su nombre no perteneció a, ni en ella vivió el compositor checo, aunque sí es posible que sus paseos le llevaran a cruzar por delante de ella. En esta sala, los viernes y los sábados, se puede disfrutar de un espectáculo más cercano y acogedor.

 Fachada del Museo Dvořák 

Sala de conciertos del Museo Dvořák 

Un hecho curioso es que ni siquiera la ingente cantidad de turismo de Praga llega a acallar esta musicalidad de la ciudad, musicalidad que viene de antiguo, pues a todo amante de la música de Beethoven le debería sonar el apellido de Lobkowicz, más concretamente, Joseph František Maximilian von Lobkowicz, Séptimo Príncipe Lobkowicz, perteneciente a una familia noble y poderosa de Bohemia y habitual en las dedicatorias de las partituras del maestro de Bonn, como por ejemplo las de la Sinfonías Tercera (Eroica), Quinta, y Sexta (Pastoral), además del Triple Concierto (op. 56). En el palacio Lobkowicz se puede estudiar y comprender el apego e interés de este príncipe hacia la música, y cuáles fueron sus grandes aportaciones al mundo musical, entre las que destaca su mecenazgo a Joseph Haydn y a Ludwig van Beethoven. También se pueden contemplar numerosos instrumentos musicales que pertenecen a esa familia, manuscritos de Beethoven, además de otras muchas obras de arte, como la curiosa sala en la que hay una decena de retratos de sus perros, algunos en situaciones algo cómicas.
Otro lugar interesante para disfrutar del mundo de la organología es el museo de instrumentos musicales, donde está expuesto un piano que fue empleado por Mozart durante su estancia en Praga, ciudad que lo acogió con los brazos abiertos, y donde sus obras tuvieron un enorme éxito. De hecho el estreno mundial de Don Giovanni se realizó en Praga, donde aún quedan vestigios de este paso, como son el Museo Mozart de la Villa Bertramka y la estatua de Il commendatore, una tétrica figura encapuchada, que sentada te observa con ojos inexistentes, como si se fuera a levantar y a entonar su grave letanía: "Tu m'invitasti a cena, Il tuo dover or sai. Rispondimi: verrai tu a cenar meco?", para acto seguido ofrecerte su mano y guiarte hasta el infierno.
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 El llamado Piano de Mozart, probablemente construido en 1785


Il commendatore (personaje de Don Giovanni que posee una profundidad apoteósica, la dualidad de lo espiritual con lo cotidiano)


Praga es tan musical que incluso los edificios se han abrazado para comenzar a bailar un Vals.

Volviendo al Moldava, un rincón interesante de esta ciudad lo representa el museo Smetana, que se encuentra a los pies del puente de Carlos, a orilla del río y en donde se ha erigido una estatua del compositor, que sentado y enrollado en una manta observa y escucha con oídos atentos el curso del río al que le dedicó su celebérrima pieza.

 Estatua de Smetana escuchando el rugir del Moldava

 El Museo Smetana, el Puente de Carlos y el Moldava, un triunvirato perfecto.

Sin embargo, y como toda buena historia, la melodía del Moldava tiene un final, y esta únicamente llega a cesar cuando desemboca en el Elba, produciéndose así una comunión natural, que va más allá de una cadencia perfecta.

 Ocaso en el Moldava